Se desahacen
los castillos de luz
que un tiempo
iluminaron mi corazón.
Ahora sólo queda
la luz de una farola
en medio
de una calle desierta y
solitaria que no transita nadie,
sólo a veces mi alma
queriendo
salir del país
de mis sueños rotos.
La farola escucha mi
corazón como quien
oye llover un día
melancólico de otoño
donde las hojas
de los aŕboles huyen
con el viento
para dejar desnudas
ramas que intentan
tocar un cielo
imposible de alcanzar.
Y escondida de todo
una luna triste que me mira
callada
me regala
una lágrima de poesía
para que mi corazón
tenga un pañuelo
en el cual llorar.